Buen nombre

Ignacio nació cuando Ignacio ya había muerto, no tenía ni idea de que Ignacio había empezado a morir hace 67 años y que faltando solo un par de semanas para su llegada él partiría, tampoco sabía que toda la vida sentiría que cada vez que su padre le decía su nombre tendría un tono de nostalgia pegado a él, tan marcado como un francés pronunciando una r.

Ignacio nació con un nombre sobre los hombros, una sombra bajo los pies que no eran ni su nombre ni su sombra, siempre con una expectativa, como si fuera hijo de la promesa de un recuentro, Ignacio creció así, sintiendo que a donde llegaba, su nombre llegaba primero, que cuando lo veían nunca era del todo a él, sino un poco al pasado que arrastraba y que además desconocía, lo sintió desde siempre, a su alrededor casi nadie lo veía a él, buscaban algo adentro, detrás, quizá a los lados, pero nunca a él.

Creció sintiendo ese vacío que era su propio nombre, esa ausencia que era su presencia, Ignacio aprendió pronto que hay dolores que nunca pasan, y que solo pueden ponerse en pausa, a un hombre así no le quedan muchas salidas, el tango y la milonga lo rodean con facilidad, el vino, el tabaco el sexo… a Ignacio le gustaba, se entregaba gustoso a cada uno de ellos, tanto que en los buenos días olvidaba que alguna vez hubiera sido solo para evitar el dolor, a todos sus vicios se entregaba casi poseído, enajenado, nunca estaba solo con una mujer, estaba con todas al tiempo, le bastaba un segundo, cerrar los ojos y pensaba en cada una de las mujeres que alguna vez le habían gustado… así olvidaba, olvidaba con quienes había estado y con quienes solo lo había imaginado, olvidaba las copas tomadas, los puchos prendidos, el cerebro entumecido y el cuerpo deshilachado por el porro y chemsex.

Los malos días en cambio, no había cantidad suficiente, a donde llegaba se sentía ausente, perdido, en el espejo comenzaba a mirar no al frente sino adentro, atrás o quizá un poco los lados, intentando encontrar eso que toda la vida había parecido tener cerca, esa presencia ausente que lo hacía lucir un poco como con ropa prestada, un saco demasiado ancho, una camisa demasiado larga, una corbata de otra época, un poco al aire y al olvido.

Se sentía como entrando a un cuarto desordenado, subiendo a un bus con todas las sillas ocupadas, no era que no perteneciera al lugar, era solo que todo parecía un poco en el lugar exacto para hacerlo sentir incómodo, desubicado, se miraba al espejo y era como un golpe de miopía, un glitch, un pixel muerto en su pantalla, perdía el gusto por las cosas que le gustaban y se acentuaban las que lo molestaban, la gente que respiraba duro, la gente que hablaba duro, los imbéciles, no era un buen día para soportarlos.

En los días así, solo el licor lograba menguarlo aunque nada lo entumecía del todo, hablaba con el espejo y con la copa, el reflejo parecía tener el secreto, se miraba así mismo con ese desenfoque etílico, con esa bruma alcohólica y veía a alguien similar, otro Ignacio, uno que había sido bueno para el billar, que había empezado a morirse 67 años antes de su nacimiento, uno que estuvo a dos semanas de conocerlo y que a falta de dinero le había dejado por herencia lo único que había podido construir, un buen nombre.

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