Fatiga

Hola, decía el mensaje, era corto pero bastaba para saber que todo había valido la pena, él, era paciente, sabía que debía serlo, durante mucho tiempo había dedicado su vida a comprender que la presión adecuada en el punto adecuado era más contundente y eficiente que la fuerza bruta, más limpia, más elegante, era superior en todo sentido, tenía además de su parte la sorpresa, y a él le encantaba ver la cara de sorprendidos de todos.

No solo era paciente, era constante, como una gotera, frecuente como una angustia, era en pocas palabras peligroso, podía y sabía esperar, pasar inadvertido para el mundo y mantenerse en pie el suficiente tiempo para fundirse con el ambiente.

Era ese tipo callado que en medio de una multitud desaparece, tan ordinario, tan irrelevante, tan invisible, y si no fuera por su mirada tan inofensivo, pero los ojos nunca estaban apagados, contrario a su imagen sus ojos ardían, había un deseo fuerte en ellos, no variaba, no desprendía la vista de su objeto de deseo, sin importar lo que fuera, cuando avanzas lento, no parece que te movieras, pero él sabía que bastaba, un saludo, un café, una insinuación, luego otra, un mensaje que la cogiera con la sorprendiera con la guardia baja, luego otro y otro, un tiempo de calma, y luego esperaba que el viento soplara con fuerza, que el oleaje subiera y entonces cediera, a sus deseos que no eran ajenos, sino a ella misma, a sus propias ganas, él no podía inventar el deseo ajeno, solo cultivar esas pequeñas ganas, esa posibilidad que se cruzaba a veces en la mente de una mujer al verlo, que tendrá este que algo tiene… bastaba, era cuestión de tiempo, de tomarse el tiempo, y de aguardar.

Sería ella quien tomaría la iniciativa, la que un poco por curiosidad, un poco por saber que podía quien caminaría hasta tenerlo cerca y quien propondría de una manera fuerte y clara sus intenciones, no importaba que lo dejaran después por volver con sus exnovios, o que lo bloquearan para siempre, que lo olvidaran, o fingieran olvidarlo, porque él sabía también por experiencia propia que a veces los recuerdos tenían vida propia, también él había recordado momentos, deseos, palabras, cuerpos, también en él habitaban pequeñas hogueras, pero era eso precisamente lo que buscaba, llenarse de fueguitos, arder mil veces y nunca consumirse, en su piel tenía mordiscos, arañazos que le marcaban la piel y también la memoria, por eso no le importaba que lo dejaran a un lado, él siempre iba a recordar la primera vez que lo habían abofeteado mientras lo cabalgaban, o la vez que arrodillada frente a él le habían escupido antes de succionarle las ganas, o esa vez en donde sin previo aviso el placer le había llegado a chorros empapándolo por completo, las convulsiones que solo una mujer le había provocado con su boca, recordaba tantas primeras veces que su corazón se agitaba y la bragueta comenzaba a saltarle, imaginaba tantas otras que no podía parar de coleccionarlas, las quería, las deseaba las necesitaba, a la pianista, la barista, la mixóloga y la relacionista pública, la bailarina, la punketa, la ciclista, la tejedora, la que tenía ojitos de monte… todas siempre, en cualquier momento, a cualquier hora, y aunque sabía que era cuestión de tiempo para que cada una cediera… y un día, un día cualquiera, común y corriente él dejó de sentirse él, y sintió el propio peso acumulado en un solo tornillo, en un solo lugar, el tedio mordiéndole las ganas, el hastío cerrándole la garganta, el pulso temblándole para arrebatar un ingenuidad más e intuyó lo temido, podía, pero estaba muy cansado para hacerlo.

La fatiga lo alcanza todo, y él al igual que ella no podía escaparse. Así que dio un paso al costado y con la mirada en el camino prendió un pucho, miró su celular y no respondió ninguno mensaje, sacó los audífonos y comenzó a pensar en otra cosa.

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