Son un poco más de las tres de la mañana. La casa está sola, los gatos despiertos, las ventanas abiertas, la cocina destruida, el baño averiado, la sala llena con los muebles de la nueva cocina. Mauricio llegó hace tres horas en su bicicleta. Trabaja como un burro. El trabajo es lo único que le queda. Trabaja como si eso fuera cierto, aunque no lo es: tiene amigos, tiene vicios, entre ellos el licor y las mujeres. Pero entre semana trabaja como si el trabajo fuera lo único en su vida. Vive como si no tuviera miedo, como si intuyera el camino correcto. No lo hace. Sabe bien que cada paso es en falso, que lo que desea suele ser más rápido que él. Es un mundo de caracoles, piensa. Le gusta esa referencia porque cree que es una metáfora malgastada en matemáticas, cuando debería utilizarse en filosofía. La vida consiste en avanzar y retroceder casi sin notarlo.
Hay una paz en su vida que solo existe cuando él no está presente. Le cuesta darse paz. Hay demasiado ruido cuando despierta, muchas cosas que lo atormentan, demasiada gente en contra. No puede disfrutar de lo que lo rodea, porque por dentro todo está en llamas. No lo adivinarías si lo vieras; no lo aparenta. En realidad, nadie lo hace. A nadie por la calle se le ve realmente una cara que diga que todo está perdido. Y si a alguien se la reconocieras, deberías apartar lentamente la mirada o reconocer tu propia desesperación para apaciguar el dolor que al otro afecta. No es bueno cruzarse con un loco si no se está dispuesto a perder la cordura.
Los gatos corren. No hay mucho viento en esta época del año, así que la vegetación afuera también duerme. Parece ser el cansancio, parece ser la calma que lo inunda todo, pero parece que por fin Mauricio dormirá tranquilo. Lo necesita. Todos lo necesitan. Pero hoy, él de verdad lo necesita. Mañana, si logra dormir lo suficiente, se parará frente al cuadro que hay al salir de su cuarto y leerá el poema con el que intenta reconciliarse con su apartamento. Una casa propia… Siempre lee el título y extraña un poco menos sus ahorros. Como el puto caracol, cambiando ahorros por deuda, piensa. No lo dice en serio, no del todo. No termina de creerlo, pero le cuesta.
Afuera, no maúlla hoy ningún gato callejero. No hay borrachos, no hay fiestas. Podría haberlos, pero está tan cansado que un ruido difícilmente lo despertaría. Está ausente, y hay paz. Pero duerme. Vale bien la pena perdérsela. Hacerlo es también una tregua. Hoy su cerebro ondea bandera blanca. No sueña con entregas o reuniones. De verdad duerme. No recuerda con certeza cuándo fue la última vez que lo había hecho. Podría decirse que está a gusto, pero no: realmente, solo está rendido. Su cuerpo se ha rendido al cansancio. No le ha quedado otra opción más que obedecerlo, y entonces duerme. Por fin duerme.
De repente, siente un movimiento fuerte contrayéndole los músculos. La tensión no disminuye. Siente casi como si un par de manos —¿qué manos?—, de garras, intentaran separárselos. Tiran sin descanso. Él abre los ojos adolorido y asustado. Lleva sus manos a la pantorrilla mientras se retuerce. Intenta soltar esas manos inexistentes masajeándose la pierna, intenta aliviar el dolor con movimientos circulares. Falla en el intento. Se cubre el rostro. Le duele, y no deja de doler. Comienza a estirar a pesar del dolor, y el músculo cede. Se suelta. Lo suelta. Pero él no. El dolor sigue siendo suyo al ver la hora: 3:03 a. m. No ha logrado dormir mucho. Cojea. Le gustaría caminar hacia la nevera. Si pudiera hacerlo, solo encontraría cerveza. No serviría de nada. Está seguro de que, si la tomara, el frío espantaría el poco cansancio que le queda y, con él, la posibilidad de dormir se extinguiría.
Termina el masaje. Los gatos vienen a revisar por qué les interrumpe el juego, por qué los sollozos. Se tira boca arriba y los acaricia. Ellos ronronean y, así, sin darse cuenta, cierra los ojos.