All in

Tavo y Teo están casados, no entre ellos, me refiero a que cada uno está casado; son profesionales, buenos profesionales, y fuman recostados en una pequeña pared. Tienen los ojos cansados y algo perdidos, no se miran pero hablan entre ellos, entre calada y calada. Tienen ese lenguaje que usan los hombres cuando algo duele adentro. Su cuerpo lo habla, los hombros les pesan, hay algo de derrota, de miedo. Las palabras son suaves y al mismo tiempo gritos. Gritarían si tuviéramos el derecho a sufrir. No lo tienen, son de esa generación que no lo tiene, de esa generación que aguanta, que llora hacia dentro, esa que fuma y canta: no estoy triste, no es mi llanto. Por fortuna, también de esa que se ganó un puesto en la cocina. Picar cebolla los mantiene cuerdos, lo sé porque también lo vivo. Es muy triste verlo desde afuera, notarlo; se les nota.

Fuman con una tranquilidad pasmosa. No quieren volver al trabajo, no aún. Por eso no fuman con prisa ni con intensidad. Son pequeñas caladas. De ellos aprendí que uno fuma un poco para alejarse de otros, es algo que nunca han entendido los no fumadores. Alejarlos es parte de la magia. Están en medio de sus treinta; yo, de mis veinte. Soy bueno haciéndome invisible, así que fumo y escucho. Quiero saber, aprender, entender. Siempre he sido nostálgico. Bromeaba no hace mucho diciéndole a una amiga que todo me duele, y que me duele mucho que sea así. Que extraño la «ch» y la «ñ» y la «ll» y la «rr» en el diccionario. No mentía. Siento que el mundo es tan mezquino que se ocupa incluso de desterrar letras que no molestaban a nadie. Me duele, sobre todo la «ch» y la «rr», las dos tienen sonidos únicos, que hacen cosquillitas al paladar… Y ahora, después de un congreso de la Real Academia, no existen más. Callo, por fortuna pienso en silencio. No los distraigo y han dejado ya de notarme. La conversación real comienza.

—¿Supiste de Gloria, la cliente?

—¿Cuál Gloria, la que se divorció?

—Sí. No sé si cuenta como divorcio, no tuvieron ni un aniversario.

—Se veía feliz, ¿no?

—Todos se ven felices, pero vos sabés que la felicidad es un ratico.

Cuando dice eso, la voz no se le quiebra… pero flaquea. Es como si hubiera bajado un poco la guardia. Teo lo nota. Tavo nota que lo nota. Con ese pequeño gesto se hacen más cómplices. Saben que el otro sabe lo que se siente. La vulnerabilidad no fue falsa; el descuido, sí lo fue. La conversación sube.

—Muy cortico, si te soy sincero —responde un poco jodido, un poco dolido. Presiona un poco la mandíbula. Teo hace eso. Sé que le gusta morder las palabras cuando siente que al decirlas van a dolerle. Venganza, dice. Me lo contó no hace mucho. No sé si Tavo lo sepa, pero el gesto —en quien lo reconoce— le agrega un toque hermoso a la situación.

—Lo jodido es que son tan buenos esos momenticos buenos que uno hace que le duren. Los pobres somos así, le metemos azúcar al chicle que se acaba, las pilas al congelador, agua a la sopa, bareta al trago, salsa y vallenato al despecho. Frankenstein que le dan vida a lo poco.

Sonrío con esa imagen. Tavo también.

—Imaginate, Teo, que pasó todo en un rodaje. Gloria iba con el director a un cambio de locación y sonó una canción: De llenar el breve espacio en que no estás… todavía yo no sé si volverás… —La canta mientras lo cuenta. Tavo canta bien y le da un toque bello a la conversación que venía arrastrando el peso de la miseria.

—Resulta que a los dos les gustaba el artista, Jero. El director también estaba casado. Pensá en ese momento: es la primera vez que se ven, pero saben algo que los demás han pasado por alto. Parecen felices, como todos —bien lo dijiste—, pero cuando saben, entienden, se entienden. ¿Me entendés? Es de esas cosas que uno sabe que encajan, que resuenan.

No es perfecta, más se acerca a lo que yo… simplemente soñé… —Teo canta mal, pero interpreta bien. Está dispuesto a la vergüenza solo porque el momento requería otro verso de la canción. Y ya que Tavo había cantado, no tenía más opción que cantarlo.

—Sí, entiendo. Extraño esa sensación. Es intuición, ese no saber que promete algo de conocimiento. Ese momento en el que no dudás de saltar y dar un paso al frente.

—¡Qué gonorrea!, ¿no? Que la vida no le endulce a uno así el oído.

Teo quiere responder, pero el calor de la colilla en los dedos lo distrae. Alza la mirada, me mira, mira a Tavo. Se ríe.

—Oyó, esa es la clave, muchacho: la apuesta. No se canse nunca de apostar.

Estrella la colilla contra el cenicero, se despide. Tavo va tras de él. Yo enciendo otro cigarro, me siento, imagino los colores dando vueltas, los números haciéndose borrosos, y la bola yendo hacia el centro, yo apostándolo todo.

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