A los cuarenta, el cuerpo parece más plástico de burbuja que carne y huesos: donde se toca algo cruje, algo suena; el exterior se sacrifica para proteger lo que hay dentro, pero no queda intacto en su heroica labor, se siente y resiente. Las semanas duras, el estrés lo tensa al máximo y, con cualquier presión extra, revienta: la bolsa de aire cede y el cuerpo canta su dolor y da testimonio de su esfuerzo.
Esta ha sido extenuante: la rodilla cruje, el trapecio está contraído y rígido, el cuello parece estar al límite; inclina la cabeza un poco hacia atrás y lo comprueba. La sobredosis de cortisol y adrenalina que lo tuvo alerta todo el día ahora entumece el cuerpo; necesita algo que lo aligere: una cerveza, un pucho, un polvo, algo que lo desconecte y le reinicie la vida, al menos por un rato; dejar atrás todo, al menos por un rato.
Levanta la vista y busca, busca un poco de entretenimiento gratuito y de calidad: pasear la vista y la imaginación en búsqueda de colores, de gestos, de expresiones faciales… cualquier cosa que le permita ausentarse de su cabeza, de sus dolores, de su día y su semana; pero no hay nada donde posar los ojos, salvo un par de mallas y transparencias, aunque ninguna logra atraparlo lo suficiente.
De repente, ve hojas moverse en su dirección y extiende las manos como un gallinazo al sol. La corriente es ligera pero efectiva; se cuela por entre los botones y dentro de la camisa, acaricia los vellos del cuerpo y refresca la tela, la piel… se erizan los poros: es una especie de caricia que recibe con los ojos cerrados, que se agradece porque desentumece el cuerpo y resquebraja la tensión muscular acumulada. La semana ha sido larga, pesada y mezquina; la brisa, por alguna razón, hace que todo pase, que se olvide de la tensión que parecía secuestrarle el cuerpo.
Ya era hora, piensa; a los cuarenta no puede tardar tanto la tregua: a ese ritmo no hay quien pueda aguantar lo que viene ni lo que vendrá. El presente y el futuro no deben amangualarse tanto; sin una fuente de escape, el mundo explota… o implosiona, y cada uno es difícil. Es difícil llevar el mundo a cuestas; uno ya no está para jugar a ser Atlas, piensa; por algo las labores titánicas se diseñaron para ellos y no para nosotros. Uno no tiene por qué andar empujando cuesta arriba piedras todo el día; zapatero a tus zapatos y Sísifo lo que es de Sísifo.
De nuevo parece que está a punto de empezar a ventear; parece que el viento trae lluvia. Un doble alivio se acerca: la brisa que refresca y el agua que ahuyenta gente. Sonríe y levanta la cabeza; siente las gotitas chocando: no son grandes ni fuertes, su cadencia es muy espaciada; la lluvia no llegará como esperaba, pero aun así espera que sea suficiente para asustar a las que se preocupan por el frizz y a los que vienen con ellas.
En los días así, lo innecesario debería quedarse en casa. De todas formas, sonríe: la brisa y el frío merman la calentura; las gotas, aunque fugaces, también ayudan. A los cuarenta uno ya no puede ir alterándose por todo, piensa; es necesario que mengüe, es menester que se sea flexible y se estiren los límites, que se acepten los parecidos y no los originales, porque hay que maximizar lo bueno para no naufragar en el cuerpo hecho pedazos. Por eso es una buena noche, aunque haya sido una semana tormentosa: porque hay brisa, porque hay viento y sopla a favor.
Spoiler: dentro de diez o quince años extrañarás esas «pequeñas» molestias, la cosa va en aumento.
Saludos 😇
Siempre, mirar atrás trae consigo una madurez nostálgica.