Viaje en Metro

Un niño llora en el metro, está en los brazos de su abuela y sufre abiertamente y en voz alta, ¿dónde está mamá? Pregunta, ¿dónde está mi mamá?, enfatiza posesivo, reclama a gritos la presencia de ella… Yo sonrío al escucharlo, supongo que su abuela va a contestarle y a calmarlo, pero ella no se inmuta.

Mala señal, pienso, no debí cambiarme de vagón, probablemente el nene lleva mucho tiempo preguntando por su madre, sin aceptar ninguna respuesta, sí, seguro fue una mala idea el cambio de vagón, en la próxima estación volveré al que estaba, mientras divago en posibilidades algo pasa, me sumo en esa angustia del nene y pienso: eso es amar, amor, puro y duro, un amor inconsciente. Él llorará hasta perder la voz, y luego llorará en silencio, y su llanto solo cesará cuando el sueño lo venza o hasta que su madre aparezca frente a él.

Él no sabe, tampoco le importa, pero a los adultos esos llantos le son incomprensibles, les han sido amputados de la vida social y condenados a la privacidad, lo aprenderá como todos nosotros con el paso de los años, porque en uno o dos más, caerá mientras que corre en un parque, en la casa o juega con sus amigos y se golpeará fuerte, dejará la piel sobre el asfalto, o en la arena, verá correr rojo sus miedos, rojo y caliente su dolor y llorará de nuevo en voz alta, y su padre lo levantará, lo mirará a los ojos y le dirá, sea varón, los varones no lloran… luego, sus amigos, un poco más canallas, un poco más sadistas, le cerrarán aún más los lagrimales, al levantarlo a pata en un gafiado, y sentenciarlo, no lloré, no sea niña, que llorar es para maricas… Con el tiempo, aprenderá la magia que le permite convertir el llanto en ira, y en sarcasmo.

Allí en los brazos de su abuela, él no sabe, ni se imagina, ni tampoco le importa que cuando tenga 20 años se pasará de copas, se ahogará entre tragos ya sea por echarse un polvo, o por la desazón de hace mucho no echarse uno, beberá como caballo asoliao y no llegará a dormir a su casa, y entonces será su madre la que se angustie, la que no podrá encontrar paz, y solloce en silencio, hasta que el cansancio la venza.

Ninguno de los dos sabrá conectar sus llantos, no sabrán escucharse, ni recordar la historia de sus lágrimas, y cuando discutan no habrá treguas, cada uno hará su magia y convertirán el dolor en enojo, en silencio, porque él no recordará haber llorado, y ella habrá perdido la cuenta de sus llantos, y tampoco recordará la razón de las lágrimas que ahora le cubren el rostro.

Llorarán juntos, cuando su padre fallezca, cuando su abuela no vuelva de la tienda, pero siempre llorarán en la ausencia del otro, nunca el uno frente al otro, porque sentirán que deben darse fortaleza, sin saber que necesitan es llorar hasta el cansancio.

Él no sabe, no puede imaginarse, que mientras que siente que el mundo es un lugar cruel, aunque no sepa que es ser cruel, mientras siente que el mundo es egoísta y mezquino, aunque no sepa que es egoísmo ni mezquindad, un gordo de mierda va pensando en cuantas veces más llorará en su vida, y le importa un carajo que el obeso de gafas, se tome el tiempo de hacerlo crecer entre llantos, de quitarle a su padre y a su abuela, al nene le importa todo tan poco, para él, el mundo se terminó cuando dejó de ver su madre.

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