Mira la pantalla en blanco y piensa: el cuento va bien. La idea de una fuerza magnética que arrastra a las jóvenes hacia los muros, la identidad de los muros y las esquinas como pequeñas naciones que eligen a sus pobladores le parece potente. En su país es potente. Tiene el nombre del personaje, le gusta el nombre. Rubén es el nombre. No es un mal muchacho; ninguno en su país lo es, ninguno de los que creció en los muros lo es. Al menos eso es lo que siempre dicen en los sepelios: era un buen muchacho, algo borracho, un poco drogón, pero nunca mal muchacho. Siempre quieren mucho a su mamá y son buenos con los del barrio, con los que los conocen, con los vecinos de su muro. La idea le gusta. Aún no sabe si Rubén será buen muchacho durante todo el cuento. Sabe que fuma y que bebe, y que sabe muy poco de la vida. Piensa en una metáfora, en un muchacho de pueblo con ríos, de esos que nada de manera torpe pero efectiva, de esos que chapotea sin rumbo, pero contento. Le gusta el personaje.
Habla sobre él con una nostalgia evidente. Piensa en el muro donde él también se crio, en el muro que lo arropó y lo recibió. Aunque nunca se sintió del todo cómodo, al menos tuvo siempre esa sensación de que no duraría para siempre, esa que le ayudó a intuir las partidas, a decir adiós a tiempo y al tiempo. Intenta buscar la forma de honrar la memoria y los recuerdos, de contar algo de su propia historia, de contarse, de encontrarse. En el fondo sabe que es imposible, que ese que fue ya se ha perdido. Lo extraña, se extraña, pero tiene claro que es un sinsentido. Ya casi no puede recordarse; ya casi nada queda de él, de su vacío. No recuerda ya sus miedos, solo esa incomodidad consigo mismo, esa que nunca lo abandonó del todo, esa que aún le palpita cuando la conversación se cansa y descansa, esa que lo incomoda, ese silencio que no deja de gritarle. Pero su imagen difusa sobre el muro le permite sonreír. Siempre que lo logra, lo hace, y por eso sonríe mientras intenta pegar el texto en un nuevo documento. Le molesta una alerta, le molesta haber empezado a escribir sobre otro texto ya olvidado, pero no borrado, sobre un archivo temporal, sobre una recuperación de algo que no valió la pena guardar, pero que, por alguna razón, una memoria, una nube, un uno y un cero insisten en volver a mostrarle. Así que sobrescribe. Pero cuando la alerta gana, cuando ese pequeño letrero que dice «archivo recuperado» gana, no puede hacer más que retirarse. Selecciona todo sobre la pantalla, presiona control + x, y la pantalla queda en blanco.
Cierra el programa y lo abre de nuevo. Mira la pantalla en blanco, esa pantalla blanca del comienzo. Presiona control + v, pero la pantalla continúa blanca. Corre a otro programa y de nuevo presiona control + v, y el pequeño guion titila. Rubén ha muerto, piensa. Rubén ha muerto. Se agita y mira la pantalla con rabia, con dolor. Mira impotente, mira suplicante. Recuerda parte del cuento, recuerda el título del cuento: La hora de la suerte. Recuerda que quiere hablar sobre cómo ese día, a la hora de su suerte con la novia de su amigo, lo tentara. Pudo decirle que no tenía parte de su alma porque el día de las polas dijo mil veces: primero los panas, primero los panas, primero los panas. Piensa en los chistes, piensa en lo que quería contar y decir. Piensa y maldice, se maldice. Otra vez, otra vez. Cierra los puños y martilla el teclado. Otra vez, otra vez. Cierra los ojos y se muerde los labios. Otra vez, otra vez. Piensa y aprieta, asfixiando el llanto. Presiona de nuevo control + v, control + v, pero la pantalla sigue en blanco. Rubén ha muerto, el cuento no se ha escrito, y él sucumbe. Apaga y se retira, respirando profundo.