Era alta, medía con facilidad 1.75, que en Colombia y en Medellín es más que el promedio. Era delgada y tenía una piel pálida. Tendría unos 19 años quizá, o 15 si acaso, y a esa edad un hombre no sabe disimular. A ninguna edad, pero en especial a esa, es torpe hasta para controlar lo que piensa. La miraba con la quijada desencajada, perdido en ese cabello negro cortado en capas. Era un motilado que estaba de moda por un reality, un desbastado progresivo que generaba una visión de niveles de cabello, algo que muchas intentaban llevar, pero que a ella le lucía casi tan bien como a la protagonista del reality que lo había puesto de moda. Tenía, además, los labios rosados y un descaderado de esos que el 2000 imponía. Siendo justos, no era fácil mantener la boca cerrada al verla.
La ve y sabe que ella puede ver su miedo. Le divierte verlo viéndola sin poder controlarse. Lo ve y puede intuir que él no tiene la experiencia necesaria para ella. Aun así, le parece divertido acercarse, caminar directo hacia él. Lo ve y ve una presa fácil. Lo ve y ve que él no tiene oportunidad. El poder le gusta, la idea de poder doblegarlo, usarlo, le parece atractiva. Lo ve y ve que no tiene una sola oportunidad, que es frágil. Lo ve y ve que está solo, que su corazón palpita más rápido de lo que puede pensar, que está paralizado, que su boca temblará con solo responder al saludo, que tendrá que poner las palabras en su boca, que deberá guiarlo, llevarlo de la mano. Tendrá el poder. Esa idea hace que se detenga y apriete fuerte los muslos. Puede sentir las gotas escurriendo y mojando su tanga. La idea hace que lo vea diferente, que piense en él más lascivamente. Respira profundo y retoma su caminata hacia él. Sonríe, porque aunque la mira con ese deseo torpe, lo hace sin entender lo que vendrá, sin comprenderlo. Lo hace de manera instintiva, pero sin ninguna voluntad.
Él ve que se acerca. Piensa en qué decir, en cómo decirlo. Piensa en cómo se verá desnuda. Siempre que ve una mujer, piensa en cómo se verá desnuda. Es normal. En su torpeza y estupidez no tiene otra opción ni otra idea. No ve a la mujer que tiene enfrente, no puede. Ve todo lo que la agranda: ve su seguridad, su cuerpo, su boca entreabierta, sus tetas, su piel blanca, su cabello. Se atraganta, sufre. No ve a una mujer, sino la realización de la mujer. Ve todo lo que le gusta, en las medidas que sueña. Intuye la perfección debajo de la ropa. Su falta de experiencia ayuda, su falta de conocimiento lo gobierna. No sabe cómo dejar de ver, no sabe cómo volver, cómo tenerla enfrente y poder hablar. No sabe cómo disimular su erección en esa sudadera del colegio. No sabe cómo ocultar sus 16 años, su terror, sus hormonas. No es consciente de que no sabe cómo besar, cómo morder, que no tiene idea de qué se siente ni cómo se siente, ni a qué sabe. No sabe nada y ni siquiera es consciente de que ignora tantas cosas.
Ella lo mira y ve una golondrina lastimada, indefensa. Ella lo ve y piensa: por fin, un juguete, un juego. Lo ve y piensa en ella, la primera vez que el que le gustaba la miró y se le encogió el estómago. En la primera vez que sintió los dedos escalando por su abdomen, la mano firme y la presión sobre sus tetas, el movimiento circular sobre sus aureolas y la mano fuerte en su cuello. Piensa en eso y la humedad se intensifica. Lo ve tan perdido y piensa en ese momento en que los espasmos de su entrepierna apretaban la verga que por primera vez la recorría. La textura del látex, la temperatura de un pecho frente a su pecho, el sabor de la espalda que mordía al sentir que ya estaba toda dentro de su cuerpo. Recuerda su propia torpeza, su propio miedo, su propio placer. Lo recuerda y piensa: hoy te toca a ti, hoy vas a sentir que no estás dentro de vos, sino de mí. Y con eso en mente, se sienta a su lado, sonríe, se muerde el labio y, al oído, le susurra:
—No tenés ni idea de lo que te espera…