—¿Qué crees? —le preguntó con ese tonito con el que le gustaba alejar a la gente. —Nada, no creo nada. No parece que hayas prestado mucha atención. No tengo que elegir si creer o no; el mío no es un problema de fe, ni siquiera es un problema. Mi percepción sobre tus palabras no tiene efecto alguno sobre la realidad tuya. Vos podés hacer lo que querás, porque no me interesa convencerte ni convencerme sobre algo que, al final, es irrelevante.
Escuchó la discusión a lo lejos y no pudo evitar bajar el ritmo y acercarse a la puerta. Eso era habitual, en ese lugar se daban las mejores peleas; la decoloración notoria de una franja de baldosas en el piso daba crédito a ello. Años de práctica lo habían convertido en un aseador furtivo, sabía trapear en silencio, lo hacía ya de una manera tan natural que nadie sospechaba. Había perfeccionado su técnica y por eso sonreía maquiavélicamente.
—¿No creés nada? ¿O no creés en nada, en nadie, ni siquiera en vos? No sabés ni siquiera quién sos, solo sabés lo que hacés, pero ni siquiera sabés por qué lo hacés. Solo estás ahí, haciendo lo que te dicen que debés hacer. Un muñequito sos, un juguetico, sin peso ni precio, gratis salís caro.
Los gritos le duelen, los argumentos le arden. Tienen rabia, hieden a rabia, se nota en la voz, en cómo flaquea la voz, en cómo tiembla. Tiene también algo detrás, un poco de miedo. Un buen chismoso era como un catador de vinos, le gustaba pensar eso después de aquella vez en la que le tocó trapear un reguero por culpa de un sommelier ebrio que continuaba con su performance aletargado y díscolo en una visita cardenal. Y aunque desconocía en el fondo lo que decía, comprendió su arte: encontrar la causa de los efectos. Y ahora, como buen catador de chismes, aplicaba lo aprendido.
Cuando grita, está claro, la intención es clara: quiere herir. Intenta hacerlo enojar para que reaccione como ella quiere. Es una estrategia rastrera y poco útil. A su edad, eso no funciona. Cuando uno está viejo, sabe lo que hace, aunque desde afuera no parezca. Cuando uno está viejo, tiene más cancha, sabe hasta dónde ir, hasta dónde intentar, sabe evitar el desgaste. Pero no la culpo, es un hábito difícil de perder; casi todos los hábitos lo son. Su análisis se ve interrumpido porque, en medio de un tono condescendiente, la discusión continúa.
—Vos tenés derecho a pensar cualquier cosa, incluso a creerla. Podrías incluso decirla, y eso no le agregará nada de realidad a mi realidad. Tu ficción no desvirtúa lo que soy, lo que hago ni las razones por las que lo hago. Te repito, yo no tengo que creer nada. Nada tenés para tentarme porque el día de elegir decidí, y lo repetiría mil veces: salud, salud, salud.
Por dentro estalla una carcajada; por fuera es apenas una sonrisa, similar a la que esboza un lector cuando encuentra un buen chiste en un libro, lo suficiente para no estallar, una pérdida controlada de la emoción… como las ollas a presión: un poco de aire que sale evita el estallido. Él sabe que eso la enoja, la forma en que lo ha dicho lo demuestra. Es un hombre paciente, también llega eso con la edad, pero tiene algo detrás; más que paciencia es falta de interés. Ha entendido que llega un momento en que uno ya no quiere perder, está cansado de perder, no sabe cómo hacerlo bien, no ve sentido en ello. Uno está cansado de justificarse. A la mierda el mundo y sus verdades, a la mierda la gente y sus opiniones, que la chupen todos esos que se entrometen y dictaminan los debe y los debería, porque los motivos, si se tienen claros, son inmunes a las consecuencias y las causas ajenas son, al final, difusas. Ese sabor amargo de vida y de mierda tienen sus palabras. Del tono intuye que el final se acerca, así que silencia su cabeza, agudiza el oído y presta de nuevo atención.
—No creerme es tu problema, no mío. Tu teoría sobre mí es tu problema, no mío. Los deseos de los demás sobre vos son tu problema, no mío.
Al escuchar eso, sonríe. Que él lo diga le confirma que está en lo correcto.
—Yo sé que no lo entendés, no podrías.
Él asiente. No lo conoce lo suficiente, no se ha tomado el trabajo de escarbar. No sabe cómo abrir camino sin arrasarlo.
—Confundís mi tranquilidad con desinterés, mi paciencia con cobardía. Le otorgás mil nombres y razones a algo evidente: estoy cansado. Lo suficientemente cansado para no perseguir. Aquí se usa el don divino; se confía solo en el albedrío. Quien viene, lo hace por gusto, y a nadie se le obliga. No soy un culto.
El sermón ha terminado. Del otro lado de la puerta solo hay silencio. Si lo conociera suficiente, sabría que cuando calla es porque ha dejado de llorar palabras. Todo lo que ha dicho, aunque ha salido por su boca, ha nacido de sus lagrimales. El viejo es un blando, lo que habla siempre le duele. Por algo le cuesta tanto hacerlo. Fuera de su trabajo teme hacerlo, sabe bien cuánto puede llegar a doler una palabra bien encajada, y nada le duele más que una lanzada con mala intención. Sabe que hay accidentes, que a veces los labios se sueltan y escupen vidrio a los ojos. Por eso, cuando se suelta, cuando no encuentra alternativas, lo dice todo y, de repente, calla. Se calla, se guarda, porque se ha abierto el pecho para hacerlo.
—Ella se enfurruña, alza un poco la voz, pero yo sé que el diablo sabe más por viejo que por diablo. la discusión ha terminado, todo está dicho es triste, porque por semanas arrastrará consigo la pena de no haberse podido callar.
Me alejo despacio de la puerta, enjuago la trapera en el balde y escurro. Qué negra sale el agua, qué limpio se ve el piso… que ha sido pasado y repasado por agua sucia, pero la gente lo ve y cree que está limpio; es igual allá adentro, ella cree creer lo que está mal con él; y él cree creer que todo está controlado, que no hay cura para un cura y que solo dios puede juzgar su debilidad, pero cuenta con su misericordia para salir bien librado. Y yo estoy aquí, sintiendo lo mismo que hace diez años cuando llegué a esta parroquia: que de nada vale creer, porque cada quien tiene su credo y es mejor no depositar la fe fuera de uno mismo.