A la carta.

Termina el día al comienzo de la madrugada. Jhonathan y David cubrieron el turno de la noche. La cocina está limpia, reluciente, no queda rastro de la batalla. Y aunque hubo muchas felicitaciones, el chef no parece satisfecho. No siente que haya sido un buen día. Son las 3 a. m.; cuando uno trabaja hasta esta hora, es difícil sentir que se tuvo una buena jornada laboral, piensa David sin atreverse a decirlo. Jhonathan ve que lo mira.

—Una foto te dura más, cabezón… ¿qué querés decirme?

La voz del chef es amable y risueña. No sabe acercarse sin lastimar. Es un erizo, él lo sabe y todos lo saben. Ya no lo toma fuera de lugar su reproche.

—Nada, chef. Es solo que no parece feliz, no parece que haya disfrutado la cocina.

—No siempre es fácil. Hoy estuvimos plagados de imbéciles, de esos que, cuando tienen entre las manos el menú, no saben qué es lo que sus dedos tocan ni sus ojos miran. No entienden el peso de las decisiones tomadas. A la mayoría no les importa. La gente elige pensando en la foto que podrá publicar al ordenar el plato. Nos deshicimos de la mayoría al cambiar la carta, al eliminar las fotos, pero aún hay algunos que vienen y piden algo que alguien más pidió, sin tener ningún conocimiento, sin preguntarse qué les gusta o qué les gustaría. Están tan acostumbrados a los domicilios, y eso los convierte en insensatos que terminan eligiendo por la velocidad del plato.

Me pregunto si habrá otros tan desdichados como nosotros, otros que deban ver desde afuera cómo todo aquello que se hace dentro se desprecia. Pienso que es masoquismo, David, que los masoquistas están mal. Si quisieran sentir dolor, deberían dedicarse a la cocina: a quemarse, cortarse, a machucarse los dedos y, sobre todo, a torturarse viendo carnes en el término perfecto de cocción volver al fuego para eliminar la sangre que no existe en ellas. O escuchar las peticiones de postres con leche de almendras, sin azúcar, de cafés americanos… de pastas sin salsas. Es una tortura.

—Cuando pienso en ellos, cierro los ojos, me muerdo los labios. Es como si perdiera el apetito por cocinar. Uno hace lo que hace por pasión, pero necesita del otro. No depende de él, no es su aprobación lo que busco, sino su sorpresa. Uno quiere despertar en el otro algo dormido. Que al probar lo que creamos viaje en sus recuerdos, que encuentre confort, que sepa que algo mejor viene, que lo malo pasará. Uno intenta estimular tanto sus papilas gustativas que quiera utilizar palabras para describirlo, que invente metáforas, que trate de decirle a alguien después que, cuando se tomó esa sopa, se le alegró el día, o que cuando probó esa carne no supo por qué, pero no pudo dejar de recordar ese día en que, en medio de una plaza llena de famas y cronopios, embriagado con vino, supo que al final todo iría de la mejor manera posible. Crear una epifanía que les permita hacer las paces con ellos; que entiendan que no necesitan que todo vaya bien, simplemente que todo vaya, que pueden perder siempre y cuando lo intenten, y que vale la pena hacerlo, porque hay un placer que no reside solo en el hacer ni en el éxito de lo que se hace, uno que está en el ser percibido. Lejos del ego, es por el contrario aquello que vuelve humilde a las personas.

David lo mira, asiente. Hoy el chef está conmovido.

—Toma tiempo, pero piense en los otros, en los más sensatos. Esos que preguntan al mesero qué les recomienda, o si puedes explicarle la carta. Esos que sienten pasión por la cocina, que está allí en las mesas, pero que, cuando están en la cocina, quieren estar junto al fuego, oler, probar, freír, asar. Uno de esos que camina las plazas de mercado persiguiendo los colores y los olores, que sabe que en el tacto hay también parte del gusto, y que hay principios que no se negocian. Ellos también están allí, ellos también ordenan, ellos también comen.

Y cuando no haya suficientes de esos, chef —lo mira, sonríe—, sepa que valía la pena intentarlo. Que uno puede perder, pero que vale la pena hacerlo. Y que uno no necesita que todo vaya bien.

—Papanatas —le dice el chef entre risas—, sos un cretino, pero gracias. Uno a veces tiene las mejores razones para seguirse rompiendo los huevos.

David ríe. —La vida es un mesero mala clase, chef, y al que no quiere caldo le dan dos tazas. Pero al final, cada uno elige a la carta de qué.

—¡Tené cuidado!, le grita Jhonathan a David, —a este paso vas a terminar convertido en crítico y no en Chef.

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