No hay barranco que lo ataje

Uno está condenado a repetirse, al fuera de lugar y el destiempo. Uno no tiene otra posibilidad que la de llegar tarde a su propia vida. Bueno, no llegar, sino hacer bien las cosas, es más una cuestión de suerte que de voluntad. Uno acierta por intuición y falla por lo mismo. No hay un conocimiento previo para los momentos importantes, para elegir las palabras correctas… Acertar es una lotería que ganamos sin darnos cuenta siquiera. Astutos nos sentimos, pero no suertudos ni agradecidos, a pesar de que hayamos encontrado la respuesta perfecta a una pregunta imposible. No somos conscientes ni consecuentes con el azar. Somos afortunados de que a él no le sorprendan las probabilidades, que, aunque pequeñas, sabe que siempre juegan.

De los triunfos somos responsables; de los fracasos, en cambio, lo son todos: el caos, la ausencia de conocimiento, de consejos, aunque nunca falte quien dé consejos, aunque nunca esté ausente quien desde la distancia y con mucha condescendencia puede ver la estupidez que estamos a punto de hacer, sin importar cuál sea… Es curioso: nuestra propia historia lo vive, otro indicio quizá de que todos los hombres somos el mismo hombre, el mismo idiota que juega a esconderse del amor, a temer al miedo, a rechazar el rechazo, a callar frente al silencio, y al mismo tiempo —en otro tiempo, en otro momento— a salirle al ruedo a un animal bravísimo que de amor no quiere ni escuchar, a ignorar las señales y mirar a los ojos, justo en medio, y sonreírle de manera descarada y grotesca al final de los tiempos, a abrazar el tedio y el repudio y gritarle cuántos pares son tres moscas a los que escuchan sin inmutarse.

Timing is the answer to success, canta Kevin Johansen después de haberse comido la mierda que todos nos hemos comido.

Así que seguimos temiendo a destiempo, callando a destiempo… La idea se entiende, ¿no? Tarde y en fuera de lugar, quedándonos con cosas por decir, con minutos por correr, con llaves en el bolsillo por entregar, recados por decir, abrazos por dar. Una mezcla de timing y de avaricia, porque hay momentos donde hemos sido todo para todos, para alguien, para quien queríamos serlo, hasta que alguien pensó que quizá lo quería diferente: el beso menos mojado, el mordisco menos duro, el amor más empalagoso y menos libre… Ahí todo se rompe y nada alcanza, y como mudanza de apartamento quedan expuestas y abiertas todas las heridas y los remiendos.

Si vinieran de a una las desgracias y las desgraciadas, si se filaran, si tuvieran orden… Nos gusta pensar que tendríamos oportunidad. Pero la verdad es que cuando la primera aparece, el impacto es devastador: se rompe el piloto del gas, se rompe la ilusión de la suerte, el pago se retrasa, el envío no aparece, los fríjoles se secan, la garganta se seca, las lágrimas se secan, las ganas… El corazón se acurruca en posición fetal e intenta abrazarse sin éxito alguno, sin poder consolarse, sin encontrar una pizca de tranquilidad. Pero no es cierto: cuando hay cagada tras cagada, no hay pañito que no raspe.

También es probable. El azar no se ensaña, no nos determina, ni nos mira a los ojos con una sonrisita burlesca como lo hacemos nosotros cuando nos llamamos astutos por ganarle una mano. No encuentra alegría alguna en la victoria, porque, al igual que en la derrota, era una probabilidad. Y una tras otra, tras otra, tras otra, en fila india e incluso haciendo distancia, parecen filarse para romperme la geta, y entonces uno recuerda que sabios eran los viejos cuando decían:

—Mijo, pise firme, porque cuando uno va de culo, no hay barranco que lo ataje.

Deja un comentario