Ocupa

Llueve y no es normal, se cae el cielo, el Uber avanza lento, está enojado, no es mi culpa, él preguntó, quería tanquear pero tengo prisa así que le dije que no puedo, que tengo que llegar pronto a donde voy, él no lo sabe, no le importa y después de mi respuesta no le interesa tampoco pero Isabela me espera, es una artesana que siempre he querido tener cerquita, y hoy está cerca, necesito llegar en los próximos 20 minutos, necesito este polvo, el mes no ha sido fácil. Han pasado 30 días desde que una gotera hizo estragos en mis ahorros. Encontrarla dejó el baño listo para una remodelación y me obligó a parar la que ya estaba haciendo.

Mi casa ya no me pertenece, es del polvo, del ruido, así que necesito ese polvo, la necesito a ella a sus senos grandes, a su boca de fuego, necesito sacarme esta incomodidad de encima, estas cuatro semanas de baños a paños, de repente el carro se detiene, solo se ven luces difuminadas, el Uber dice que no puede manejar así, que no ve, que es peligroso. Es su venganza pienso, solo desea que yo no llegue a mi cita, pasan 15 minutos y no avanzamos ni un centímetro, envío un mensaje de voz que me sabe a mierda: —No voy a llegar, lo lamento Isa, se me quiebra la voz, quería verte, pero la ciudad no está de acuerdo.

El carro se enciende, quizá se ha conmovido, aunque lo dudo, debe ser culpa, un ser que se comporta de esa manera lo hace porque cree en una justicia egoísta, mezquina, en el ojo por ojo y ahora que ha escuchado la despedida con dolor y desesperación sabe que el equilibrio está roto, cree en el karma y tiene miedo, por eso se mueve aunque ya es tarde y no llegaremos, el terminará la noche con su tanque vacío y yo con el mío lleno.

Llegamos y aún llueve, Isabela no está, así que camino desanimado, el cuerpo me pesa, el agua me empapa y no tengo como bañarme al llegar, solo como secarme, no tengo nada donde calentar algo para comer o tomar y con la lluvia así de fuerte, un domicilio sería someter a otro ser humano a mi misma desesperación, la garganta se me hace un nudo, es un nudo que lleva haciéndose semanas, que empezó a nacer cuando picaron tanta baldosa que fue necesario remodelar, uno que se agudizó cuando después de terminado el trabajo hubo que volver a romper porque la gotera persistía, uno que con cada viaje de cerámica, de pegante, de mezcla se apretaba más y más, que estuvo a punto de estallar cuando vio que ya no quedaba el mismo color de piso y que ahora yo tendría que vivir viendo un parche en el suelo, un tono ligeramente más oscuro, menos óxido… —No hay más dijo el vendedor, hay paro en los fabricantes, si no se la lleva hoy, ya no quedará nada que se le parezca.

—La llevo a regaña dientes, la veo y me rechinan, pensando en ese nudo apretándose subo las escalas, tengo frío, abro la puerta, los gatos corren, maúllan tienen hambre, intento prender la luz y chispea el interruptor…

La energía desaparece, no solo de los circuitos eléctricos, sino también de mi vida, me desplomo, sobre los escombros de la cocina, estoy emparamado y el polvo se me pega a la ropa… tampoco tengo lavadora para lavarlo, no tengo nada, Isabela está lejos, también lo está la esperanza, la vida lo único que da a manos llenas es tristezas y angustias.

Soy un ocupa en mi propia casa, estoy desterrado de mí mismo, de mi sueño, ya nada importa pienso, y me acuesto sobre los escombros, los gatos notan que estoy en el piso, se acercan, ronronean y me siento en casa.

Vicio

El niño nuevo no deja de llorar, dice, justificándose que todo lo que hizo fue porque quería otra vida, diferente, no es tan grave dice, si alguien lo supiera, si el juez y el jurado hubiera escuchado a su mamá gemir cada noche para subsistir, si hubiera visto los hombres que la golpeaban, si hubieran entendido lo humillado que me sentía cada noche, si tan solo hubieran vivido mi vida, me perdonarían.

El jurado no perdona a nadie niño, lo han visto todo, escuchado todo, no a tu madre, bueno quizá sí, quizá a la tuya sí, pero ellos no necesitan escuchar gemir a tu madre, ellos han escuchado a otros cientos que como tú nunca escucharon a su madre gemir, no busque simpatías inexistentes, tu vida fue dura, y no estuviste a la altura. Al jurado, nada más importa. Sos culpable, siempre lo ha sido las decisiones las tomaste vos, manipulado o no, vos decidiste y entre más rápido la aceptés mejor.

Yo tenía 17 años cuando mi suerte se jugó, era nuevo en un colegio católico, así que si algo sabía es que había depravados. Siempre los hay entre los curas, lo contagian como una epidemia, es divertido que les digan curas, son realmente infección, una enfermedad, solapados.

Éramos 8, teníamos quince, éramos niños, yo aunque me veas aquí, aunque me digan dealer, estoy aquí por amor y no por droga, tenía todo lo que vos querés niño pobre, tenía la plata, los carros, el poder, mi abuela era gobernador, pero no me bastaba, no lo quería, no era importante, sé que te jode, para mí ser no bastaba y vos querías tener lo que yo era, pero te aseguro que no vale el precio que estás pagando, tampoco lo hace el turo, yo quería a una mujer experta en hacerme sentir deseado, quería una puta gimiente, a una loca alborotada, yo quería todo eso que tu mamá fingía ser y la verdad me bastaba.

Cada fin de semana juntábamos los algos, e inventábamos trabajos extracurriculares cada viernes, el primo de Cris era door man, nos dejaba entrar por 15 lucas, ver cucas, depiladitas y no tanto, verlas cambiarse, era un show especial, tonto, vago, como nosotros, era un show que se compartía con el último juego de supernintendo, los últimos tenis o tablas, no teníamos para culiar, a duras penas pagamos por ver nos inventamos los putiaderos pay per view pero nada de regalías, dije sonriendo, en fin, yo renuncié a todo, mi familia tenía nombre, podía hacer a cualquiera mi perra, pero domesticar una era interesante, lamentablemente me mordió, me sembró una hectárea de droga en la pieza que vivíamos y ese tombo que ella decía que era gay, llegó a registrarnos el cuarto el único día de la semana que estaba solo.

Me entendés las mujeres como tu mamá, solo quieren una cosa, verde, un vil metal, pero vos soñá con una mujer buena, no hay tantas por cierto, soñala y sobretodo merecela, porque ellas las otras, las de pegaito a la paré, no valen la pena aunque cobren el intento.

El niño lloraba, su madre, el único día que lo dejaba solo, un exnovio policía llegaba para requisarla, ni una llamada, ni un visaje, me entendés las mujeres como tu mamá te siembran, s{i es normal que estés aquí, sabes qué, yo la quería, pero ella solo quería mi billete, fue duro, 35 años me metieron… me gasté la herencia en hierba pa vender y ella en 30 millones de mierda convirtió mi entrega, nunca importé.

Así que deja de llorar, porque a ese negro, a Germán, le encantán lo llorones de 1.50 cm.

La dictadura de las sábanas

Era una mujer jovial, de una risa continua y estridente, alborotada como su cabello y a todas luces encantadora, le gustaba decir que era una sorpresa constante, y en verdad lo era, incluso para ella, cada día encontraba su propio camino y a cada hora un nuevo viento para ir hacia algún lugar o hacia otro, la vida era una posibilidad irresistible, un antojo, un deseo… un arrebato, como su peinado.

De repente llega un mensaje, hace cosquillitas en la entrepierna, de la nada otro no quiero que vengás hoy a dormir, boté tu libro, se me olvidó subir el mercado, salimos de viaje a las 6… así súbitos, sin pistas, inminentes, toda su vida diurna transcurre en un movimiento imposible de predecir o seguir. Ella baila sola, la compañía le viene bien para una o dos canciones, pero después cambia el ritmo, la cadencia, los pasos, solo quiere moverse, desbordarse y entonces no hay pareja que le sirva.

Él era astuto había aprendido con el tiempo que el agua tiene un flujo que no puede controlarse, que los caudales encausados suelen matar la vida, que canalizarla sería lo mismo que perderla porque ya no habría arrollo, ni rápidos, ni cambios, nada de torbellinos ni de piscinas naturales, nada de ella, así que no procuraba cambiarla, y se sentaba a lo lejos cuando ella cambiaba el paso, ya volverá pensaba él si ha devolver se decía a si mismo. A él le gustaba pensarse como un gato, cariñoso cuando se le antojaba, pero cauteloso, cariñoso en la seguridad de la intimidad pero apenas perceptible delante de los demás, así que su relación iba bien sobretodo cuando nadie los veía.

Eran casi exiliados voluntarios, haciéndose compañía en los lugares adecuados, abrazándose, besándose, y curándose las heridas más profundas, con la fuerza justa, con el ritmo justo hasta que llegaba la noche, ahí ambos perdían la guerra contra sí mismos, ella queriendo desconectarse del mundo, apagar pantallas, aislar sonidos, él extendiendo el día, golpeando teclas, jugando y corriendo como un gato a la media noche de un lugar para otro, queriendo leer, cocinar, escuchar música o ver televisión, deseando robarle al día un poco de su vida como lo había hecho la oficina con él y entonces en ese ying y yang que en el día encontraba el equilibrio, en la noche se transformaba en la guerra, y como toda guerra tenía daños colaterales.

Platos, ollas, cenas, botellas de vino sin empezar o sin terminar volaban, cada noche peor, cada noche más oscura, más larga… al final ambos sucumbían al cansancio, y dormían, eso y el aceite de CBD que él usaba para cocinar, eso y el vino que ella tomaba siempre con la cena, eso sumado a las pastillas que ambos tomaban ya en su habitación.

Al despertar, era extraño, el sol a ella le dibujaba una sonrisa, el café a él le despertaba las ganas, follaban cada mañana hasta sacarse la rabia, se mordían, se escupían, se castigaban por su comportamiento del día anterior y al mismo tiempo se complacían a un nivel que siempre los dejaba extrañándose, su intimidad cómplice, su pacto secreto lo sellaban cada mañana viniéndose el uno sobre el otro.

Dictadores de las sábanas, se miraban, se reían, veían la cama desajustada, lejos de donde había empezado la faena, la estamos torturando, pensaban deberíamos pasarla a mejor vida… bromeaban, y cansados se alejaban el uno del otro.

Gol en contra

Benjamín piensa que el fútbol es sagrado, la pelota y el potrero no se manchan repite de manera constante, fuera de esas líneas, a veces imaginarias, a veces no, el mundo es caos, pero dentro, es terreno sagrado, es su religión y su filosofía, por eso aunque no logró vestir oficialmente una camiseta las tiene todas, colecciona banderines, balones, álbumes y láminas, puede hablar de la estructura ofensiva de Holanda y sus marcas escalonadas, o de los bloques defensivos de los italianos, sabe en qué año se inventaron las reglas y debido a qué, recuerda los campeonatos, los guayos, los nominados a balón de Oro, y los que nunca estuvieron pero merecieron…

Ese hombre no solo transpira fútbol, lo vive, por eso para nadie fue una sorpresa que su cumpleaños lo celebrara con un partido, que invitara a sus amigos a un cotejo, a que se pusieran la 10, ese día todos jugaron con la 10, la del Diego, la del Pibe, la de Diño, todas eran suyas, por fortuna además del fútbol amaba el RAP y siempre las compraba XL así que a nadie le quedaba pequeña la suya.

Había logrado lo que pocos, vivir de su pasión, organizaba torneos en los barrios y le cumplía el sueño a más de uno de colgarse una medalla, de vestir un uniforme, de celebrar un gol con una gradería que coreaba sus nombres, y contaba con ese cariño de vuelta, y cada uno de los que había ido aunque no fuese necesario le había llevado algo. La cancha misma había sido un regalo, iban a inaugurar el césped, era una cancha semiprofesional, medidas reglamentarias, iluminación decente, césped natural, ese era el presente de la dueña del lugar, camisetas originales firmadas por jugadores profesionales que habían alguna vez jugado en sus torneos, él estaba chocho.

-El fútbol todo lo puede todo lo hermano, el potrero y la pelota no se manchan decían, feliz con cada regalo… siempre había sido así, incluso cuando la ciudad y las balas le desarmaban los equipos hace 10 años, muchos de los que estaban ahí podían hacerlo gracias a él, a sus torneos, que los hizo estar en una cancha a las 8 y no en una esquina y solo por eso habían escuchado un pito y no un estallido fatal.

Su novia decoraba el camerino mientras todos calentaban, a lo lejos otro partido, otra gente… les falta alguien para jugar preguntan -Vea la solidaridad del fútbol dice Benjamín, hermana, sana. -Nada ya estamos responde alguien, los otros no se van siguen ahí, y todos vuelven a ver sonreír al cumpleañero, guarda sus regalos en el bolso, un bolso deportivo, lo pone azul gastado, nada llamativo, se acercan a la mitad, lanzan la moneda y comienzan a elegir.

Corren, sudan, ríen, hay goles, hay juego, hay gambeta, nada del otro mundo, pero para los 22 que estamos allí es la final del mundo, corremos y sentimos que nos escapamos por la banda como lo hacía el 7 de Portugal, cabeceamos sintiendo que somos el 9 de la selección, los que patean al arco creen que rompen mallas y celebran saltando e imitando las celebraciones de los jugadores que idolatran.

Los otros se van, mientras los ven jugar, mientras pasan por detrás de la portería, cerca de los bolsos, de ese azul desgastado y nada llamativo con un bolso casi idéntico.

El partido termina 9-7 como solo las finales del mundo de barrio terminan, recogen las cosas, llegan a celebrar al camerino y la novia quiere ver los regalos, Benjamín está emocionado, pide su maleta, le pasen una azul roída, casi idéntica a la suya, pero no es la suya, no pesa como la suya, no tiene sus regalos, él sonríe, la pelota y el potrero no se manchan piensa, véalos ahí dice, son todos ellos que vinieron.

Se muerde la lengua, le hicieron el cambiazo, esos que se ofrecieron a jugar, esos que usó de ejemplo para hablar de la solidaridad… lo robaron ahí donde siempre se sintió a salvo, por confiado… siente que ha hecho un gol en contra.

Renacimiento

Cuando despertó lucía confundido, la verdad es que le pasa a todos… —Nos pasa a todos querrás decir —No, les pasa a todos, yo soy una futura presente, es decir, nací aquí concebida por futuros pasados, —Esa era la forma en cómo se referían a los hijos de quienes habían viajado en el tiempo y se reproducían allí, eran, como los mismo viajeros irregularidades, anormalidades espacio temporales, los presentistas, hombres y mujeres de la época se habían visto en la necesidad de nombrarlos y de ocuparlos en algo porque con el descubrimiento del viaje en el tiempo y su desafortunado resultado habían tenido que tomar cartas en el asunto.

25 años atrás en el 2987, Adrián, una joven promesa de las ciencias había hecho la primera abducción espacio temporal, el viaje era solo posible hacia el futuro y su tripulantes debían ser personas que habían roto su cadena espacio temporal, en otras palabras suicidas, personas que habían decidido acabar con su vida antes de tiempo, sus intenciones eran buenas y egoístas como casi todas las buenas intenciones, Adrián había quedado huérfano y él se vio obligado a crecer añorando el amor de una familia que había preferido dejar de existir, en el presente futuro, es decir en nuestro futuro y en el presente de Adrián ya no hay religiones monoteístas que condenen el suicidio, los estados tampoco se angustian por eso, la muerte se compra a cuotas, el procedimiento es costoso y muchas personas pasan 20 años trabajando reuniendo el dinero suficiente para poder costearlo.

Cada cuerpo está modificado, en el presente futuro, los cuerpo cuentan con un kit de primeros auxilios, las muertes accidentales han desaparecido, la última real registrada data de 2530, el resto se comprobó que habían sido suicidios, el caso es que con la NanoUCIS es muy difícil morirse, y los resultados de intentarlo son las deformidades, la pérdida de conciencia, y el perdón de los pecados en este nuevo tiempo, ser considerado improductivo. Cuando mis padres escaparon, apenas empezaba la década de las pandemias, el planeta alcanzaba el punto de no retorno y la economía estaba enferma, decidieron suicidarse juntos, quizá por eso sus padres habían sido salvados. El punto es que la NanoUCIS está programada para evitar más suicidas, tenemos miedo de lo que pueda hacer la máquina de Adrián en el futuro.

Pese a que muchos de los problemas que agobiaban a los suicidas en el pasado han sido erradicados en el futuro, sigue allí su miedo irracional y latente, después de 1 siglo sin ellas parece que hemos importado a través del espacio a una enfermedad, por eso existe este departamento, el departamento de dilemas.

—Di-le-más respondió el nuevo recién nacido, el nombre los tomaba por sorpresa a todos, el diálogo de Diana, no estaba ni implantado ni trabajado, sino moldeado. Después de todo ella entendía que la vida iba a un lugar mejor, que no había perdido nada, que sí, que claro, que sin dudarlo ella era hija del futuro, pero no hacía parte de él, pero eso no le impedía disfrutarlo ni tampoco se negaba al placer de la melancolía de no pertenecer, entendía ambas partes, era un sistema limpio, funcional, incluso justo, con tiempo para todos y para todo, sí, claro ella entendía, no era la primera vez en la historia que creía entender al final era el futuro el que decidía qué verdades queremos contarnos. El pasado es un fantasma poderoso, un dolor inacabable…

Bienvenido al futuro, el dilema está en que puede vivirlo o viajar de nuevo.

Goteras

Toda gotera es discreta hasta que ya nada puede detenerla. El agua sabe ser paciente, no tiene prisa, se acumula, suma fuerzas, y entonces, emerge, primero imperceptible, luego molesta y finalmente caótica.

Es metódica, constante, una gota de talento puede hacer la diferencia, basta una gota de algo, lo que sea para cambiar radicalmente todo, una gota de suerte, una gota de hambre, una gota, que cae continuamente duele en los lugares correctos, fractura, destruye, solo necesita tiempo…

Las primeras gotas después de un beso, se acumulan y no tardan en convertirse en un caudal de ganas que no deja nada seco a su paso, nada tieso a su paso, nada en orden… es igual en la comida, gota a gota los jugos de un limón, de aceite, de sangre invaden el resto y lo dominan.

Una gota de esmegma o de semen atraviesa un pequeño orificio en un condón y es suficiente para que dos vidas cambian y una más nazca, una gota de sudor corriendo por un brazo ajeno en un sistema de transporte público se acerca a tu mano y el asco se convierte en desesperación, te mueves, intentas huir pero es imposible, el sudor te toca y sientes las náuseas apoderarse de ti.

Un gota de licor toca la lengua de un atormentado y de inmediato se abre un océano de culpa, un deseo intenso de ahogarse en él, una gota, una sola maldita gota puede acabar con el hombre, con la humanidad, con todo, una gota de locura en el hombre que aprieta el botón, que gira la llave y bastaría para que el tiempo deje de correr.

‑¿Lo entiende?

‑Sí, lo entiendo, ya le dije que lo entiendo, como fontanero lo tengo claro, tiene una gotera y eso le molesta, pero no tiene que decirme todo esto, solo donde tiene la gotera, la puta gotera para que vea lo que es una fuerza caótica, solo señale donde tengo que golpear y romper, para canchar, impermeabilizar y sellar esa gotera que lo tiene en un estado tan lamentable.

‑­El hombre mira al fontanero, lo hace como quien ve a una especie de dios, a uno capaz de librarlo de la ira de sus vecinos, de la culpa de su torpeza, de su falta de interés, lo mira como quien encuentra la paz a su sosiego.

-Allá señala al fin

‑El fontanero toma su martillo y lo estrella contra el piso, una y otra y otra vez, consistente, paciente, como una gotera.  

Fecha Límite

No es difícil escribir, pensó el redactor viendo el segundero correr en el reloj de pared, se siente un impostor, es uno de esos días, malos días, sabe que puede decir lo que le plazca, pero no quiere decir nada, no por voluntad propia, mira la hoja en blanco e imagina comienzos, buenos comienzos, de esos que le gustan, los personajes nacen casi desesperados, es como si ellos mismos estuvieran angustiados, quieren correr a estrellarse en cada martilleo de la máquina contra el papel, quieren estar en la explosión de la tinta, embarrarse, cumplirse, ellos quieren existir más allá de la posibilidad, pasar a ser un recuerdo, al menos una anécdota.

Pero él lee, arranca la hoja y la arruga, no siento lo que debería sentir, es basura piensa, aunque sabe que no es cierto, no del todo, sabe que hay potencial, pero odia esa palabra, esa promesa que a veces no se cumple, odia la esperanza que genera, le recuerda a él mismo, le recuerda sus buenos escritos, piensa que está lejos de su mejor versión, piensa, piensa y el tiempo sigue corriendo.

El olor a cigarrillo inunda la sala de redacción, los ceniceros llenos, de colillas, le recordaban que ya la hora normal había pasado, ahora todo era crítico, solo estaba el editor de emergencia, y la guarda, aún así él aún no terminaba.

—Ey, 20 minutos para la imprenta chico, muévete o tu columna irá vacía…

Vacía —pensó el redactor entusiasmado, vacía como mi casa mientras que yo estoy acá, vacía como mi billetera mientras pago la casa que permanece vacía mientras yo lucho contra relojes, vacía como el silencio de la imprenta mientras configuran la impresión, vacía como esta hoja enfrente mía, vacía como mi cabeza de ideas, todo está en blanco y con este pensamiento saltó de lleno a la máquina, aporreaba las teclas y los fierros entintados corrían a estamparse contra el papel.

La historia era simple, un publicista con un ataca de síndrome de traidor se sentaba frente a una pantalla como un televisor, mientras fumaba un cigarrillo electrónico, año 2022 sí 50 años en el futuro era suficiente, era el último en su despacho, las ideas no llegaban, el cliente esperaba, sus compañeros esperaban, el departamento de arte esperaba, sus gatos en casa esperaban, su cita en una mesa con una silla vacía esperaba y el esperaba una idea, una idea para escribir, para cumplir su trabajo y llenar ese televisor de pequeñas letras que pudieran vender cualquier cosa de su futuro estrambótico.

De repente tiene una idea, y escribe, escribe pantalla tras pantalla, sin perder el timo, sin perder el tino, escribe y sonríe, siente que está ganando, siente que el tiempo ha dejado de estar en su contra, escribe corriendo y seguro, escribe alegre.

De repente sucede, la entrega se realiza, sus jefes escuchan el cliente escucha, y él es el único que sonríe. —El trabajo es horrible, lo nota muy tarde, lo ve en las frentes ceñidas de sus jefes, en la desesperación de sus clientes, en el grito ahogado y cargado de quien lo escucha.

El no se detiene a esperar, sabe que la fecha ha llegado, que el dead line se ha cumplido, que no hay ahora escapatoria alguna, que para él no queda otra posibilidad, y camina derrotado hacia su casa vacía, hacia su cama vacía, hacia su vida vacía.

Se imprime justo a tiempo, la columna recibe cartas, hablan del futuro, tienen preguntas. Él sonríe.

Sazón

— La vida tiene sabor, el tiempo aroma, y ustedes, quizá algunos, gusto. Toda su vida de ahora en adelante dependerá de eso. Dijo con una pasión extraña e impropia. El cocinero del batallón 6 era un hombre demasiado viejo para ser enérgico, pero cuando hablaba de la cocina, se aseguraba de que el sonido tuviera los ingredientes necesarios, y hablaba claro y fuerte, era inconfundible, como el sabor del jengibre.

Los reclutas que llegan a la cocina son malos luchadores, pero si vienen aquí creyendo que su trabajo consiste en pelar papas, platos y sirviendo puré, lamento decirles, bultos de estiércol, que están equivocados. La cocina es la peor de las compañías, así que, si sus padres creen que les hicieron un favor al mover sus influencias y enviarlos a este lugar a cumplir con su servicio, quiero que sepan que se equivocan.

Un soldado de infantería debe cargar con su equipo 21.8 kilogramos, ustedes deberán cargar 30 kilogramos de ingredientes para cada cena. Un marino puede aguantar la respiración 24 minutos en apnea estática, ustedes necesitarán pelar 10 kilos de cebolla. El récord en esta cocina es mucho mayor, así que para poder pasar sus días en esta aquí, deberán ser mejores que esos hijos de puta. Además, tienen todo un pelotón dispuesto a patear sus traseros si la comida no les gusta.

Nunca sabrán donde está su enemigo, el crítico idiota que ha olvidado que está en el ejército y que no hay ingredientes frescos, ni sus salsas favoritas. Sólo por eso los odiarán, aunque los extrañarán después de su primer tour y su comida empacada. Procuren sobrevivir estos tres meses. Si lo hacen, y además logran hacerlo bien, esos hombres volverán a sus casas y cuando estén borrachos y traumados reconocerán que ha sido su comida lo que los ha mantenido en pie.

Deben luchar su batalla aquí. Este es su campo de guerra, una tienda de campaña bajo este sol de mierda, sus palabras tienen sustancia, clavan en los cocineros, aquí frente a esta estación de ollas y sartenes pasarán 12 horas pelando, revolviendo, hirviendo, el calor se triplica. Aquí van a sudar más que esos hijos de perra en un tanque, así que si creen que han escapado del calor de la guerra también en eso se equivocan.

Aquí se gana la guerra. De su habilidad depende que esos bastardos malagradecidos tengan la energía suficiente para seguir corriendo cuando las balas rocen sus cabezas, es aquí donde está el verdadero reto, es aquí donde está la prueba real. El soldado mejor alimentado gana, y cuando terminen sus tours y vuelvan a casa, y vean una cocina, sentirán una mezcla extraña entre miedo y deseo, entre alegría y tristeza; una amargura dulce que los acompañará por siempre. Y Dios no lo permita, pero sentirán siempre ese deseo de alimentar a los demás, de darles algo a sus vidas, sazón chicos, sazón, ese será su legado.

Luego daba media vuelta y el vigor del discurso terminaba, envejecido como un champiñón, en el refrigerador comenzaba su retirada.

Libros viejos

—Hablan distinto, huelen a otra cosa, incluso al tacto parecería que su papel desempeñara un mejor papel. Cuando dijo eso no puedo evitar reírse. Alirio era viejo como su nombre, viejo como sus libros y viejo como su humor, le encantaban los juegos de palabras y creía genuinamente que solo necesitaba un poco de suerte para encontrar una sonrisa, un comprador, un amigo, a sus 63 años ni siquiera descartaba el amor de su vida. Era inevitablemente optimista como todos los libreros.

La mujer a la que hablaba tenía clase, esa clase que no da el dinero, que de hecho es imposible ligar con él. Una elegancia incorruptible, demasiado sobria, bien llevada, una gracia natural de esas que no puede fingirse, se ríe del chiste, aunque es malo; sabe acercarse incluso a aquellos a quienes su don les ha sido negado.

Alirio es un hombre decente y amable, pero escupe en el piso, es rústico. Puedes sacar a un hombre del campo, pero difícilmente al campo del hombre, y Alirio es así, agreste, aunque bello, tiene esa magia rural, esa simpatía por lo desconocido, no sabe mucho de modales, pero es respetuoso. Y no sabe mucho de moda, pero sí de libros.

—Ese libro señorita, el que lleva ahí se vendió muy bien en los 70, una joya de la literatura erótica. Estuve preso cuatro veces por vender copias del mismo. No recordaba que estaba ahí, dijo señalando la pasta rosada. La sonrisa vertical se leía, La educación sentimental de la señorita Sonia.

Recordó al general Campanella, su bigote espeso, su ira golpista. Atenta contra la moral, decía el joven de 25 al golpear a Alirio de 50. —Es una vergüenza para dios su comunidad y el país, repetía mientras su uniforme se manchaba con la sangre de Alirio, ¡No tiene usted vergüenza! Es acaso usted un animal incapaz de contenerse, le preguntaba mientras llevaba perros entrenados y en celo para montar y violar homosexuales.

—Una época peligrosa para leer, dijo riendo con amargura. Había visto demasiado, incluso para alguien como él que había leído demasiado. Aproveche ahora señorita, ahora no le causará ningún problema, dijo y cerró los ojos recordando su cabello ensortijado, su quijada puntiaguda, aproveche ahora dijo dulcemente sintiendo la libertad que lo rodeaba.

—Es para una amiga, dijo ella sin inmutarse. Yo soy más de libros menos grotescos, no me escandalizan, solo me aburren, prefiero esa escena de María Font seduciendo a Arturo Belano, me gusta más Talita que la Maga, y soy más Sabrina, la adultera inocente que desconoce el real engaño que la sabelotodo que lo planea. Creo que me gusta el erotismo casual, el accidente pornográfico, pero no la película ni la obra. En estos libros todos parecen siempre saber muy bien donde va qué, yo la verdad disfruto más de la sorpresa. Dijo segura de sí misma, jovial, para nada avergonzada o molesta.

Alirio la miraba curioso. —Es un buen libro, no es tan básico, dijo. Pero yo he venido por otra cosa, dijo enseñándole un libro de cuentos infantiles rusos. Alirio se sonrojó, creyó que era madre y por alguna razón creyó que si lo fuera merecía más respeto que antes solo por ser mujer. Incluso sintió vergüenza, ¿cuántos años tiene la criatura a quien lo lleva? Preguntó avergonzado. —35, respondió de inmediato, un ñoño come libros. No se angustie, no esté tenso, nada de lo que ha dicho me ha molestado, es para mi novio, mi amante, para el inocente Arturo Belano, para complacerlo, le gustan los libros, es solo un regalo.

Alirio asintió. —Tiene buen gusto dijo mirándola a ella, los libros viejos huelen a otra cosa, incluso al tacto parecería que su papel desempeñara un mejor papel, son exquisitos, porque ya han vivido en otras manos, han sido manejados con cariño y con fuerza, saben resistir, dar y recibir, los libros viejos tienen alma. Dijo mientras los empacaba como regalo.

—Me gustan los libros viejos, capaz también y los libreros viejos, sonrió ella.