Irrealidades

-Cada uno vive en una «burbujita», una caverna si se me permite el lugar común, es difícil mirar afuera en un lugar así, lleno de oscuridad, es un gran salón donde la verdad es solo un rumor, siempre me causó curiosidad porque la gente elige creer en algo que no es real, porque les costaba tanto conectarse con lo evidente… pero ahora lo entiendo.

Kata miraba intrigada a Antonio, él era un hombre racional, abiertamente agnóstico, y como cada hombre inteligente impopular y solitario, no necesitaba de la aceptación para sentirse bien, no buscaba validación y se jactaba de ello, así que no pudo más que morder el anzuelo.

-Ella era una mujer pequeña, morena y con algo que la hacía única, una sensualidad que expiraba de su piel, inteligente, joven, desafiaba los cánones incluso el de los estereotipos de belleza, no alisaba su cabello, no vestía de manera provocativa, no necesitaba de accesorios, tenía algo en su esencia que le permitía prescindir de la bisutería, incluso se notaba incómoda cuando la ocasión requería de ellos, no se vía mal con ellos, pero eran a todas luces prescindibles.

-¿Por qué?, pregunto mirándolo.

Porque anoche, en esa oscuridad que tiene la madrugada, soñé algo intenso, estaba en mi apartamento y dormía, era esa hora donde incluso los gatos duermen, donde los celadores tranquilos duermen sin miedo a que nadie los descubra, una hora muerta, lejos de cualquier cosa y ahí estaba yo preso de esa bruma, en el tiempo perdido, en ese letargo del que hablaba Proust y no estaba solo, su piel estaba sobre mí, su olor estaba conmigo, volví a sentir sus labios en mi boca, en mi pecho, volví a sentir sus uñas en mi espalda, volví a escucharla gemir, y estaba allí disfrutándola, disfrutándome, sus caderas sobre las mías y entonces maldije mi sensatez, odié mi racionalidad, porque recordé que estaba solo, y desapareció su olor, su sabor, sus gemidos, el mundo tomó conciencia, volvió a ser simplemente real y frío, palpable y crudo, real, simplemente real.

Y envidié entonces la fe ciega de los católicos, de los terraplanistas, quise ser ingenuo como la gente que cree en la pirámides de dinero, como los que caen en las estafas, quise creer que un primo lejano era un rey africano que en su excentricismo había decidido rastrear su parentesco genealógico para compartir su buena fortuna, quise creer que caro, esa mujer que me enloquecía en la universidad y que ahora vivía en Australia tenía retenida una mercancía en la aduana y necesitaba que le consignara para liberarla y no perderla, lo quería todo, quería su ilusión porque quería seguir viviendo ese momento, quería seguir creyendo que era real… quise creer en Bukowski cuando decía que no existe el mal viaje, sino que es real cuando se imagina, pero no pude, no fui capaz, y la vi desvanecerse.

Bendita ignorancia la de los ignorantes.

-ella sonrió con una mueca burlesca, -dicen que ateos hasta que el avión cae, y era mucho más sencillo al final, racional hasta que la calentura te despierta entonces.

-jajajajaja sí, al menos por una noche.

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