Copiloto

Hay gente que va al cine, y personas que escuchan radio, hay quienes son incapaces de soltar sus celulares y otros que cargan con su biblioteca de arriba abajo. Están también los que recorren de un lado a otro las barras de los bares y las mesas de las cafeterías con las orejas abiertas y los ojos afilados… —Estos cazadores de historias son aprendices, pensó para sí mismo Jaime y metió su boca y su bigote cano y espeso en un café oscuro; al sacarlo, los vellos alargados y amarillentos se escurrían en el pocillo con la maestría de un pintor avezado, y se despegaban de nuevo sin derramar una sola gota, ese era el motivo de su tono ligeramente amarillento.

Era la mano derecha de la editorial y un ojeador literario de primera, de un solo vistazo podía clasificar a cualquier aspirante a escritor, la mayoría caben en dos grupos: ingenuos o crédulos. Piensan que las formas de contar están en los otros, que las grandes historias ya fueron contadas y que están siempre en el pasado. No tienen voz ni criterio, son imitadores descoloridos, fotocopias mal sacadas que intentan simular una voz nueva, transgresora pero cuidadosa de las viejas costumbres. —No soporto a esos fanfarrones distraídos, el oficio está en riesgo en mano de estos teóricos irresponsables, de esos mequetrefes que solo se han dedicado a estudiar la vida desde las teorías de otros.

Los buenos escritores están llamados a atestiguar la vida, a documentarla más que a repetirla, su obsesión mecánica por despresar los textos, por capturar sus esencias hace que sean excelentes forenses, pero malos médicos, les falta tacto aunque les sobre teoría, saben encontrar las tramas, desactivan con facilidad las maquinarias narrativas, son deshuesadores. Pero al igual que ellos, son incapaces de crear; solo saben desarmar, a ellos también los necesitamos, pero tienen ya una mayoría, y donde sea que la norma supera la rebeldía, el tedio acecha.

Por eso para los que aún tienen salvación, él tiene un arma secreta, un ejercicio simple. —Para los que están dispuestos a escuchar, la vida habla, pensaba. Así que daba la orden de realizar una crónica urbana como copilotos de un “piloto” o “chaperón”, eran conductores profesionales y fascinantes, ex militares, ex presidiarios, ex casi futbolistas y profesionales desempleados. Todos tenían dos cosas en común, les encantaba manejar y conversar, y además poseían las historias más hilarantes. Él mismo los seleccionaba de sus paseos cotidianos, él conocía sus mejores historias y confiaba en que, si alguno de ellos era lo suficientemente bueno, podría con facilidad convertir su viaje en un libro.

Al menos esa era la impresión que había tenido al escuchar la historia del soldado más torpe del país, un hombre asignado a la guardia presidencial que tenía un récord histórico y temerario; era la única persona que había herido de manera repetitiva al presidente en su casa presidencial, el arma, su torpeza ingenua, su falta de atención y las heridas, divertidísimas. Él había sido el culpable de que el presidente cobrará en la cumbre con el polio al dejarle caer un busto con su retrato en el pie mientras ayudaba a mudar algunos elementos al sótano de la casa. Días más tarde lo pisó -mientras entraba el mercado- en el mismo dedo que había casi fracturado antes. Tanta fue su fama que una vez le preguntaron al presidente que sí pensaba en la reelección y su respuesta había sido extraña para los medios: no creo que mis pies lo soporten; pero al conocer su historia la carcajada había sido genuina.

Un buen escritor sabrá que allí hay una comedia y una tragedia, y tendrá que escribirla sin pensar en lo inverosímil de una torpeza recurrente. Un buen escritor sabe que la realidad no necesita ser fiel a su percepción y que las palabras acordes para que sea genuina salen con facilidad de un buen escritor; así que sabrá hablar para que el soldado torpe viva, igual debía pasar con el detector de idiotas, un hombre con una atracción química hacia los imbéciles y los burócratas, un hombre que sin importar lo que hiciera o intentará, siempre, siempre siempre lograba encontrar a la persona menos apta para un trabajo y asignárlselo.

—Sí, pensaba entusiasmado sumergiendo de nuevo su bigote al café, entre tantos debe haber al menos uno que pueda contarme esa historia que sabe que aún no ha sido contada. Lo pensó y olió el café de nuevo, al menos uno dijo viendo por la ventana con la mirada perdida. Necesito al menos un buen copiloto.

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