Fantasmas

El peso de su silueta en la cama aún no se borra, tampoco su aroma, y eso la hace estar presente, no sabía aunque ya lo había leído que la ausencia era también una forma de estar, eso es lo más desesperante, el recuerdo, el recuerdo hace sentir que la ausencia es solo momentánea, aunque en realidad sea frecuente. El hecho de poder recordarla presente, es devastador, sería diferente si no estuvieras disponible, al alcance de una llamada, porque aunque dispuesta, tu ausencia me sigue acechando cuando doblo la esquina, cuando me levanto a media noche, cuando en un cielo arrebolado a las cuatro de la tarde te imagino con tus botas sobre el borde de tu balcón, con tu copa de vino en la mano, con tu embriagada mirada… tranquila, impasible.

Intento convencerme de que no, no me haces tanta falta, pero fracaso, mientras cocino recuerdo sus nalgas sobre la barra, mientras me baño, la dolorosa temperatura a la que le gusta el agua, no entiendo como una piel tan delicada donde mis dientes y mis labios dejan tan fácil huella puede seguir intacta en esa ducha de agua hirviendo, a esa temperatura mi abuela desplumaba gallinas, y sin embargo ella sale sonriente de la ducha abrazada por una cortina de vapor; he visto saunas menos cálidos…

No está mal que eso pase, no está mal que la recuerde, ni que sea en cualquier momento o a cualquier hora, lo difícil es saber que está tan cerquita que odio un poco su ausencia, ya sé, ya sé, hay obligaciones y vida que vivir, pero que difícil es, sobretodo en las madrugadas de sábado, salir de su cama, y llegar a la mía que no huele a vos, ni a tu sudor, ni a tus orgasmos, ni a tus cremas inodoras, que, aunque en etiqueta digan que no, a mí me huelen.

Cuando llego a casa entiendo mejor a tu perro, tan desterrado de su comodidad, extrañando la atención, el roce, la caricia… no te conté, a veces no entiendo porque no le cuento las cosas tontas en las que pienso, pero son muchas y frecuentes, la próxima ves  que la vea voy a hacerlo, voy a decirle que hay más probabilidades en el mundo de ser una consciencia flotante que imagina el universo, a que este de verdad exista, y que ese cerebro accidental es un genio porque logró darle forma a sus labios gruesos, a su tetas grandes y redondas, a sus nalgas y a ese sexo ardiente con el que hace que pierda cualquier estribo. Ese cerebro merece una medalla, me gustaría dársela, agradecerle, porque imaginarla así como es, es toda un proeza.

Este tipo de estupideces pienso, sin razón alguna, ahora mismo yo escribo mientras ella duerme, plácidamente cogida, un poco fumada, y despertará sin saber que he pasado el día queriendo agradecer a un cerebro flotante por entretenerse pensándome pensándola.

Pensándolo mejor, tanto ese cerebro como ella son lo mismo, fantasmas que rondan mi distraído consciente que lo embelesan y lo llevan a divagar, su ausencia, su presencia ambas constantes en mí y ausentes la una en presencia de la otra, no hacen más que brindarme una solución posible, la misma existencia no es más que un eco de lo que queremos ser y de lo que fuimos, todos somos fantasmas, anhelándolos cuando no estamos frente al otro.

Le doy una fuerte calada a la pipa, el aroma a picadura de tabaco desprende una nube pesada, fantasmas, repito mientras extiendo mis dedos al humo.

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