Contraluz

La hoja en blanco, la garganta llena, los párpados pesados, la boca seca, las ganas agotadas, la rabia distraída, los ojos perdidos…

—Escribí, se dice. Escribí. ¿Sos un escritor, no? ¿Qué te cuesta, si es lo que sos? ¿Lo perdiste? ¿Te perdiste?

El silencio no ayuda. Me escucho, más fuerte, y me duele un poco el vientre. Me caigo pesado, tengo el estómago sensible. No puedo conmigo, con tanta mierda. No mientras estoy sobrio. No tengo la fuerza. Nadie tiene la fuerza. Y lo peor de todo: no soy yo. Yo soy solo la gota que derrama el vaso. Afuera ya hay demasiado como para sumarle lo de adentro. No tengo lo que hace falta para vivir así. Así no puedo. Sobrio, no puedo.

—Escribí, escritor. Sacá las palabras. Jugá con ellas. Llevan mucho ahí, demasiado tiempo guardadas. Están sucias, huelen un poco a humedad, apestan a miedo. Vos tenías tufo casi siempre, pero nunca miedo. Tenías por lo menos eso: agallas. No te callabas, ni siquiera cuando hubieras debido hacerlo. Ladrabas fuerte. Y, cuando hacía falta, mordías. Sabías morder. Pero ahora tenés miedo. Y no de los demás: de vos. De volver a ser vos, de tu voz, de perderla y de usarla. Puedo olerlo.

Sniffffffffff, suena en su cabeza. Snif, snif. Apestás. Apestás a derrota sin riesgo. Apestás a miedo. Sí, tenés tanto miedo que no has vuelto a leer. Sabés que leer te provoca, que encontrar eso que otros no dijeron es gasolina. Lo evitás, pero las imágenes son fuertes y cada vez más constantes: unos zapatos de charol negro con medias con boleros y una falda negra; unas manos sobre un piano presionando las teclas y una melodía intensa; un violín estridente; un saxo profundo. Esas cosas te duelen. El viento y las cuerdas siempre te han hecho eso. Necesitás escribir o emborracharte, pero tenés miedo de ambas. Lo sabés, lo pensás. Pensás que los mareos son en parte eso. Sos una olla a presión y sentís que algo está por estallar: tu corazón o tu cerebro. No sabés qué, pero algo va a estallar.

Mientras se escucha frente a la pantalla en blanco, frente a la hoja en blanco, siente su circulación, su cuerpo, su mareo casi constante, su miedo casi constante.
—¿Será que me voy a morir, joven y sin obra, sin nombre, sin mí?
Piensa, contrariado y distraído. Piensa en esos puntos donde tomó decisiones, en esos pasados donde se vio a los ojos. Ninguna parece causa suficiente para este atragantamiento de palabras, para esta represa de letras. Culpó al cansancio, a la ocupación, pero tiempo ha perdido de otras maneras. Sabe que, al final, no hay excusa.

Así comienza a martillar letras. Comienza a repasar imágenes.

—¿Se siente bien, verdad? Te gusta.

Tiemblan sus manos, y lucha por volver a acomodarlas en el escritorio. Se siente extraño. Ha perdido esa posición que antes le salía natural. Pero, si recuerda eso, puede buscarla. Quizá mejorarla: un lugar donde la tabla no talle, donde sus dedos no tiemblen. Siente el óxido y la torpeza. Martilla donde no van las letras. Llena las páginas de erratas, pero no importa. Puede editar después. Sabe que lo importante es perseguir esa letra siguiente. No es tan diferente de una IA después de todo. Un borracho, un escritor, hace lo mismo que ese estúpido algoritmo: intentar predecir la palabra siguiente, intentar ser el mono infinito. Sonríe. Le gusta la idea. Se siente bien. No sabe de qué va a hablar. Quizá su detective favorita vuelva. Quizá su Sherlock del Magdalena. Quizá hasta él mismo vuelva a la página en blanco.

Los ojos arden de ver el blanco de la pantalla, pero se consuelan con haberlo cubierto un poco. Quizá esa sea la función de un escritor cerca de los cuarenta: eclipsar un poco esa pureza ingenua, oscurecer lo suficiente para que la pupila se acostumbre, para que el destello mengüe, para poder ver las formas y los contornos. Quizá sea eso. Quizá siempre se haya tratado de eso.

—No desvaríes, escritor. No hay un fin en el arte, y mucho menos en la escritura. No hay un porqué ni un para qué. Lo sabés. No existe una razón. Lo que hay es un impulso, una idea. Una que hay que perseguir como un perro loco a los carros, como un fanático a su equipo. Una emoción, una sensación. Sabés que estás vivo por ese deseo de perseguirla, por esa intención de alcanzarla. Porque te impulsa, porque te obliga a incomodarte. Necesitás esa sensación de estar tras de algo, de no perderle el rastro, de sentir su aroma, imaginar su aroma, la temperatura, el roce. Necesitás evocar. Todos necesitamos intuir un poco nuestro futuro para tenerlo presente. Sin eso, el ser humano no es humano. Sin eso, no despierta. Sin eso, no hay más que una hoja en blanco.

No se trata de eclipsar la pureza. Se trata de llenarla, de perderla, de existir, de escribir. Ese es el único ritual. Lo sabés, ¿no? Lo intuís. Bienvenido a casa y a las letras.

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