Freelance

Roberto Arlt escribía de todos para no quedarse nunca sin escribir, el esteta dibujaba hasta en los tableros y durante un tiempo el flaco había podido estar a la par, si bien no en ingenio o calidad si en intentos, se podía fallar pensaba constantemente, fallar es lo mínimo para no llegar al fracaso, para el flaco la renuncia era el único escenario imposible, le gustaba el boxeo porque allí los perdedores no son cobardes, le gustaba la vida y por eso la derrota no era amarga, porque venía solo después de intentarlo, y como buen vago de barrio sabía que nadie le quita a nadie lo bailado, que lo hecho, no podía negarse, y las consecuencias eran bienvenidas si uno hacía lo que le daba la gana y era valiente, el mañana no dejaba de ser nada más que una simple consecuencia vacía, impotente.

Por eso escribía con la regularidad que su agenda y su tedio se lo permitía, y cada vez que faltaba a su tiempo sufría, no era un hombre, bueno era difícil llamarlo un hombre, pero no era un despojo que llegara tarde, atesoraba el tiempo, incluso cuando lo perdí, si tenía el control de su desatino era feliz, pero en cuanto perdía su propio rastro se eclipsaba por completo y lo odiaba, porque sabía que solía caminar por el borde con demasiada frecuencia, asomarse al vacío mirar a la profundidad y sentirse tentado, esa especie de pulsión que te invita a inclinarte, y terminaba por arrastrarlo a semanas y semanas de ausencia, un pequeño traspié en un terreno inclinado siempre es una mala idea, y la inclinación de su falta de voluntad, de su cansancio, de sus ganas de otras cosas lo llevan siempre a caer a lo más bajo, al ocio involuntario, al triángulo de las bermudas de sí mismo.

Comienza con un video, una cerveza, un cigarro más, un beso más, un polvo más, un baile más, un juego más, y de repente su libro está sin terminar y a veces sin comenzar, obreros felices, el libro de cuentos sobre degenerados y enfermos que lograban transformar su parafilia en fuente de ingresos no sobrevivió la historia del pedicurista podófilo, aunque el celador con insomnio prometía un cambio de turno que pensó que sería una especie de tragedia terminó por frustrarlo y desistió de continuar.

Dos cervezas más y voy a escribir, se dice y se miente, una buena borrachera para escribir, una buena puta, una buena pelea, una anécdota piensa, y sabe que miente, que para escribir no necesita nada de eso, nada en carne propia, basta la pregunta el papel y en caso tal una investigación corta, no necesita la respuesta, solamente intuirla y como tiene miedo de no encontrarla se rehúsa a ponerse de pie, se odia por no ponerse de pie, porque tiene miedo, porque no se calza los guantes y sube al ring, porque cuando lo haga además sabe que va a recriminarse todo lo que hoy se reclama, y no podrá verse a los ojos, el flaco flaquea, saborea su paladar lastimado por el tabaco, se acaricia los nudillos, se soba las piernas, caer duele, cuando caes así de la nada no hay coordinación, vas a la deriva, golpe tras golpe, de culos y sin barranco que te ataje, lo sabe, la única forma de frenar es enterrarse o aferrarse al dolor, detener la avalancha desde adentro, dejar de perder el tiempo y perder mejor el miedo, las excusas, escupir su propio reflejo y levantarse, de apoco vuelve, piensa que debe escribir sobre las señales, aprender a reconocerlas, a no dejarse tentar por nel abismo, lo desecha, piensa en los temblores, en lo poco preparados que estamos para que la vida nos sacuda, lo desecha, piensa en rosario, la de contaduría del segundo piso, en sus ojos verdes color hierba, en sus piel blanca pálida, ese color que no sabe esconder ni las venas, piensa en su cabello rojo, en sus labios rosados, hace calor piensa, y finalmente comienza a escribir, es un lugar común, pero cuando no llegan las ideas siempre ocurre lo mismo, se e suben a la cabeza.

Roberto Arlt sabía algo que el flaco se negaba a reconocer, que se escribe sobre los demás para no depender de uno mismo, porque si en algo no se puede confiar, es en un escritor y menos en uno sin contratos.

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