Cosas en común

Jose, se llamaba Jose y eso le molestaba, en primer lugar porque era agnóstico, en segundo porque para él la ortografía importaba, y llamarse Jose, sabiendo que en verdad debería haberse llamado José, le parecía una doble ofensa, uno de esos secretos que uno lleva consigo y que le pesa y lo jode, como los calvos que desprecian ser calvos, o como casi todos que odiamos el hecho de que nunca alcance para lo que queremos que alcance. Así el nombre lo jodía a él: tener uno de los nombres más comunes del mundo por culpa de un carpintero cornudo al que le trabajó la mujer una paloma, y dos, porque además debía ser José. ¿Cómo era posible que hubiera tantos notarios sin respeto por las letras en el mundo, que se llamaran notarios además y que no notaran la ausencia de una tilde? Cuando ese pensamiento aparecía, se volvía un poco loco.

Caminaba la calle un poco víctima de esa neurosis, intentando evidenciar que era diferente a los 29.946.426 Joses que estaban registrados sobre la faz de la Tierra. Una guerra desgastante y silenciosa, como casi todas las que se libran por convicciones personales de un solo hombre. Valoraba demasiado lo individual como para sentirse parte de un colectivo, y esto al final pasaba factura a la cordura.

Pero así como hallaba razones para impacientarse en cosas absurdas, encontraba también paz en ellas. Le gustaban esas pequeñas rebeldías naturales que le permitían hacer las paces consigo mismo. Ser de clase media ayudaba. Los barrios de clase media tienen un gustito a caos que es difícil de perder y de olvidar; en esos barrios aún hay suficientes niños como para que las calles no estén silenciosas, y suficientes árboles para que las aves tengan ganas de cantar. Hay también otros cantos: gatos callejeros, perros callejeros, borrachos callejeros, y una sinfonía de ollas a presión que, siempre desincronizadas, ablandan carnes, guisos, huesos, granos, y perfuman con un infaltable e indudable toque de comino la mesa de todos. Había razones para disfrutar lo cotidiano; en el barrio de clase media el presente se disfruta… sobre todo porque se está a una mala racha de perdérselo. Todo similar y diferente.

La naturaleza también le brindaba esa idea de asimetría voluntaria: los árboles filados y plantados con intención quirúrgica que crecían extendiendo las ramas buscando rayitos de sol que evadían la autoritaria intención de crecer iguales e igualados; los vuelos de bandadas de pájaros como las golondrinas, más parecidos a enjambres de zancudos o de abejas; y el gusto humano que hacía de las fachadas un popurrí de colores, materiales, revoques, de las ganas de parecer más, de ser más, de alejarse de lo poco que fueron o simplemente de seguir la corriente de lo que los une. Un espectáculo visual que le permitía pensar: así como esos, él; así como él, ellos. Ellas dando una batalla sin enemigo visible, un enfrentamiento al espejo, a veces inconsciente pero gratificante. El único lugar donde todos son felices e iguales son los aquelarres en los que se transforman las visitas de viejas chismosas que fanfarronean con relaciones perfectas inexistentes, y las iglesias donde las santurronas hipócritas alardean de familias perfectas y unidas por voluntad y por fe, aunque no sepan nada de los dolores de sus hijos ni de los miedos de sus maridos.

Toda abundancia es una carencia, por eso ser parte de la mayoría, aunque fuera de manera involuntaria, era algo que lo azuzaba de manera constante hacia los bordes de lo cotidiano y de lo absurdo. A toda costa, alejarse del centro. Por eso fumaba, pero encendía sus cigarrillos con fósforos; dudaba de todo, incluso constantemente de sí mismo. Ante cualquier comodidad aparecía la sospecha. Era necesario para evadir las trampas de la resignación, porque hay movimientos que implican vivirse más que capitalizarse. Uno no puede vivir de escribir, pero puede vivir escribiendo, incluso si escribe mal, pensaba. Ese era su único credo, y por eso su presencia a ella le resultaba tan incómoda. Por eso, cuando encontró su carta sobre la mesa con una frase le bastó:

Ya lo único que tenemos en común es que nos disgusta incluso tu nombre.

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